La única rutina del día que no tiene que rendir

A medida que vamos creciendo, empezamos a sentir la necesidad de acercarnos a la comodidad como sea. El momento de dormir no escapa a esa sensación: cada una de nosotras termina armando un ritual, una rutina nocturna hecha de detalles chiquitos pero importantes, que juntos cambian la noche entera.

Empieza con el agua de la ducha. El día se va con ella, y no hace falta pensar en nada. De hecho es mejor no hacerlo, porque con la temperatura justa y el tiempo que haga falta, el cuerpo suelta lo que quedó pegado desde la mañana: el sudor, el cansancio, el ruido de afuera. Salir de la ducha es, de alguna manera, salir de una versión anterior de vos misma.

Y después viene el detalle que para mí decide todo el resto: qué te ponés.

Te lo digo porque me pasó años. Salía de bañarme y agarraba lo primero: una remera vieja y un short que ya no le quedaba a nadie. No estaba mal, pero tampoco provocaba nada. No había señal, no había cambio, el cuerpo seguía en modo día. Cuando empecé a elegir con qué me acostaba, la noche entera cambió de temperatura.

Una gran decisión fue el pijama. Su satén cae fresco cuando la piel todavía está tibia de la ducha. No lo tenés que acomodar y no te marca. Simplemente estás cómoda y el cuerpo entiende que el día terminó.

Después el cuarto también cambia. Una luz más baja, un aroma a vainilla elegido con calma (una vela, un difusor, lo que sea que te transporte) y de repente ese lugar donde simplemente dormías se convierte en un refugio propio. El olfato tiene memoria, distinta a la de las palabras, y con el tiempo un aroma bien elegido termina siendo la señal que tu cuerpo aprende a reconocer: ya es hora de bajar la guardia.

Frente al espejo, la piel pide sus mimos. Limpiar, hidratar, los gestos de siempre para el rostro y para el cuerpo. Cinco minutos que no buscan nada más que prestarte atención.

Y entonces, por fin, la cama. Ese instante en que el cuerpo se hunde en las sábanas frescas es el mejor momento del día. Lo que quedó pendiente, o lo que hay que resolver mañana, se queda del otro lado de las mantas. Incluso fuera del cuarto, al menos por unas horas.

Antes de apagar la luz, podemos retomar ese libro que amamos. Al menos un capítulo, al menos unos minutos, para aventurarnos en una historia que no sea la nuestra. Y después, cuando los ojos empiezan a pesar, cerrás el libro y te dejás llevar.

Vivimos rodeadas de rutinas pensadas para producir, optimizar y rendir. Esta forma de transitar la desconexión, con sus pasos chiquitos y repetidos cada noche, es tal vez el único momento del día que se resiste a esa lógica. No hay resultado que mostrar ni meta que alcanzar. Solo el cuerpo descansando en lo que lo hace sentir cómodo, y la cabeza soltando de a poco.

Buenas noches.